viernes, 20 de enero de 2017

Los neandertales y la muerte

La creencia de que la vida persiste en alguna forma tras la muerte es tan vieja como la historia. Los neandertales (pueblo que vivió en Europa y Asia entre 120,000 y 35,000 años atrás) no abandonaban a sus muertos donde yacían; más bien parece que los enterraban con cuidado.

Hombres de Neandertal en una cueva
Pueblo Neandertal
Algunos refugios rocosos en el valle Vézerè, al suroeste de Francia, muestran que los pueblos prehistóricos tenían nociones de inmortalidad. En La Chapelle-aux-Saints, un hombre de Neandertal fue depositado en una zanja poco profunda rodeado de utensilios de piedra. En Le Moustier se enterró a un joven de costado con objetos de pedernal a manera de almohada, un hacha en la mano y unos huesos de buey chamuscados diseminados en la tumba, quizá para dar sustento en una vida futura. Al parecer, también podemos encontrar preocupaciones semejantes entre hombres de Neandertal lejos de allí, en Uzbekistán, donde un niño muerto hace 50,000 años fue hallado en una tumba poco profunda en una lejana cueva de la montaña, con cinco pares de cuernos de cabra montés clavados en la tierra alrededor de la cabeza. En el norte de Irak, las muestras de tierra de una tumba de hace 60,000 años revelan restos de polen, lo que indica que al menos uno de los cuerpos fue sepultado en un lecho de flores acompañado de ornamentos.

A pesar de estos descubrimientos, los especialistas discuten si los neandertales realmente enterraban a sus muertos y, si así era, por qué. Ciertos antropólogos conservadores piden cautela en cuanto a la conclusión de que los neandertales creían en una vida después de la muerte. Señalan que se han encontrado algunos cuerpos en contextos y posturas menos respetuosos. Los descubrimientos en el lado croata de Krapina, por ejemplo, fueron partidos y cremados, mientras que otros hallados en una cueva en los Pirineos se abandonaron sin ceremonia como desechos.

Estas pruebas contrarias no han logrado borrar el hecho de que los hombres de Neandertal, al menos en algunas partes del mundo, enterraban cuidadosamente a sus muertos y tal vez creían en una vida futura más allá de la muerte.

domingo, 1 de enero de 2017

El perro negro de Bungay

Un informe de un increíble encuentro sobrenatural proviene de Bungay, pueblo de la frontera de Norfolk-Suffolk, en East Anglia, Inglaterra. El domingo 4 de agosto de 1577 se desató una tormenta. Un enorme perro negro apareció en el templo, y corriendo a lo largo de la nave del templo pasó entre dos personas, mientras estaban arrodilladas, y torció el cuello a ambas en un instante. Al encontrarse con otro hombre, le dió tal mordida en la espalda que se encogió, como si fuera un pedazo de piel tostada al fuego vivo.

Dibujo del perro de Bungay
Perro negro de Bungay
Otra prueba de la presencia del perro se ve en las piedras de la iglesia, así como en las puertas, que quedaron asombrosamente arañadas y rotas, con señales como de garras y dientes. Las señales desaparecieron, mas unas similares persisten en el cercano Blythburgh, que se dice fue visitado por el perro ese día.

La descripción sugiere el efecto de una lluvia de rayos cósmicos. La tormenta fue registrada en los archivos parroquiales de Bungay de 1577 y en la edición de 1587 de las chronicles del historiador Raphael Holinshed, sin que en ellos se mencione al perro.

Los habitantes de East Anglia creían en un gran perro negro espectral con fieros ojos del tamaño de un plato. A veces sin cabeza, otras invisible, con aliento cálido o pisadas apagadas. "Shuck" o Shock", como se le llamaba, a menudo era un heraldo de muerte. Para los puritanos se trataba de un galgo infernal, que el Diablo enviaba por orden de Dios.

En partes de Norfolk y de Suffolk, aún se teme al "Owd Shuck", como se le conoce en la región. Una noche de otoño de 1938, Ernest Whiteland caminaba hacia su casa, de Bungay a Duchingham, cuando descubrió un perro tan grande como un ternero, con pelo negro lanudo y ojos rojos que centelleaban como fuego. Se hizo a un lado para dar a la extraña bestia amplio lugar de paso. Al hacerlo, el animal se desvaneció ante sus incrédulos ojos.
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