viernes, 17 de febrero de 2017

El hombre de la máscara de hierro

Una noche de noviembre de 1703, un preso enmascarado, que estaba recluido en la Bastilla, regresó a su celda después de asistir a misa; dijo que se sentía mal y se acostó; pocos minutos después estaba muerto. El desenlace fue tan rápido que el preso no tuvo tiempo de recibir los sacramentos. A partir de ese momento y durante algunas horas, se llevaron a cabo una serie de medidas extraordinarias para asegurar que la identidad del preso fuera mantenida en secreto. Y, si se exceptúa a un puñado de personas, que mantuvo el secreto durante más de treinta años, nadie la ha conocido. 

Los muebles y utensilios que había usado el preso fueron quemados o fundidos; se restregaron las paredes de su celda y luego se les dio una mano de cal; cada rincón del cubículo fue registrado minuciosamente, por si el preso había intentado grabar algún mensaje para la posteridad. Incluso las baldosas del piso fueron removidas y reemplazadas por otras; las ropas y objetos personales del prisionero se quemaron en un horno. La cara del cautivo permaneció cubierta con una máscara a lo largo de su encarcelamiento por orden de Luis XIV. Se le amenazó con una muerte inmediata si trataba de quitársela, si revelaba algo acerca de su identidad o si intentaba escapar. Las leyendas sobre el prisionero enmascarado se difundieron por Francia y luego por el mundo entero. 

La historia del preso solitario cautivó la imaginación de la gente; el mundo lo conoció como "El hombre de la máscara de hierro" y su figura es una de las más enigmáticas de la historia. La carencia de datos sobre la identidad del detenido y sobre las causas por las cuales fue encerrado durante tanto tiempo en la prisión de alta seguridad dio origen a rumores que se propagaron como la pólvora. Algunos afirmaban que el cautivo era un hijo ilegítimo de la casa real, tan parecido a Luis XIV que su rostro no debía ser visto jamás por nadie. Una asombrosa teoría proponía que el rey Luis era en realidad un bastardo y que el preso era el rey legítimo. Otros sospechaban que el prisionero era hermano gemelo del rey Luis y había sido recluido para preservar la gloria del Rey Sol. Pero mientras los rumores se difundían, las autoridades adoptaron precauciones extraordinarias para asegurarse de que nadie viera nunca el rostro que se ocultaba bajo la máscara. 


El preso permaneció siempre bajo el cuidado de un mismo carcelero, monsieur de Saint Mars, que se trasladó junto con él de prisión en prisión. El cautivo tenía prohibida cualquier relación con otros presos y su carcelero recibió la orden de matarlo en el acto si trataba de hablar de cualquier otro tema que no fueran sus necesidades inmediatas. Su nombre no figuraba en los archivos de la cárcel; carecía de toda forma de denominación a la que fuera posible desde afuera enviar correspondencia. Los guardianes se referían a él como "el preso en cuestión" o, ya en los últimos años, "el prisionero anciano". A pesar de estas severas condiciones, el cautivo era tratado como una persona importante, con todos los respetos. El rey y sus ministros preguntaban frecuentemente por su salud y su estado de ánimo. La comida, vestimenta y mobiliario de que se le proveía eran de buena calidad: se respetaron sus derechos de católico devoto y siempre fue tratado con cortesía. El médico al que se permitió tratar al preso, tenía que examinar la lengua y el cuerpo del paciente sin retirar la máscara: a él pertenece esta declaración: "Era de constitución admirable; su piel era morena y tenía una voz educada y agradable." Sólo existe otra referencia a su aspecto físico y proviene de la etapa en que monsieur de Saint Mars recibió la orden de trasladar a su prisionero desde la isla de Santa Margarita, donde había estado recluido hasta entonces, a la Bastilla. En el camino a París, el custodio hizo una parada en su castillo, cerca de Villeneuve; la gente del lugar tuvo una fugaz visión del prisionero enmascarado. Se comentó que era alto y bien plantado y que tenía el cabello blanco. Mientras cenaba con Saint Mars, los sirvientes notaron que el custodio se había sentado directamente frente al prisionero y que tenía dos pistolas, una a cada lado de su plato. Se dice que, cuando se comunicó al nieto y sucesor de Luis XIV la verdad sobre el prisionero, el rey Luis XV exclamó: "Si todavía estuviera vivo, le hubiera devuelto la libertad." 

Para satisfacer la curiosidad de María Antonieta, su esposa, Luis XVI revisó los archivos oficiales, pero su búsqueda fue infructuosa. Las primeras referencias escritas acerca del prisionero enmascarado se hicieron públicas en 1761, cuando apareció el diario de Étienne du Jonca, lugarteniente del Rey Sol en la Bastilla. En un párrafo fechado en 1698, las memorias dicen: 
"El martes 18 de septiembre, a las tres de la tarde, monsieur de Saint Mars, gobernador del castillo de la Bastilla, hizo su primera aparición; llegaba procedente de la isla de Santa Margarita, donde había ejercido el mando. Traía consigo, en su propia litera, a un prisionero, que anteriormente había permanecido en la prisión de Pignerol. El gobernador tiene motivos para tenerlo siempre enmascarado y nadie ha mencionado su nombre..." 
Cinco años después, Du Jonca anotó en su diario la muerte del cautivo; agregó que fue enterrado el martes siguiente, 20 de noviembre, en el cementerio de Saint Paul, bajo el nombre falso de Marchioly. Se debe a Du Jonca la primera referencia a que el preso estaba siempre "enmascarado, con una máscara de terciopelo negro". Otras fuentes, en cambio, aseguran que la máscara estaba hecha de hierro y reforzada con acero; dicen que el artefacto estaba provisto de una pieza móvil en el mentón, hecha con resortes de acero, para que el cautivo pudiera masticar. Esta última descripción es la que eligió Alejandro Dumas para su novela, "El hombre de la máscara de hierro". Pero el único testigo presencial ha sido Du Jonca. Poco más se conoció acerca del misterioso cautivo enmascarado hasta la Revolución Francesa. Durante un tiempo, circuló la creencia de que el prisionero había sido un hombre llamado Mattioli, enviado del duque de Mantua; acusado de traición, Mattioli fue encarcelado y su custodia confiada a Saint Mars. La teoría basaba toda su credibilidad en una suposición: la de que Marchioly, nombre con el que se había dado sepultura al preso, era la versión francesa del apellido italiano Mattioli. Por eso fue desechada muy pronto. 

Las primeras pistas verdaderas aparecieron a partir de la Revolución; cuando los nuevos gobernantes comenzaron a clasificar los archivos del ministerio de Guerra, se encontraron con un caos abrumador. Sólo después de varios años de paciente catalogación e investigación se descubrieron, entre otros documentos, las cartas intercambiadas entre el ministro de Guerra, marqués de Louvois, y Saint Mars. A fines de julio de 1669 —el año en que, según se sabe, el cautivo de la máscara fue apresado— Saint Mars recibió del marqués de Louvois un mensaje en el que se decía: 
"Por orden del rey, el sujeto llamado Eustache Dauger será enviado a Pignerol. Resulta de la mayor importancia para los intereses reales que el prisionero sea vigilado con el mayor celo y que, bajo ningún concepto, pueda proporcionar a persona alguna informaciones sobre su identidad ni enviar cartas a nadie. Usted, personalmente, deberá proporcionar a este desdichado comida suficiente para toda la jornada una vez al día. Por ninguna razón debe usted prestar oídos a nada de lo que el prisionero pueda querer decirle. Debe amenazarlo de muerte si abre la boca para hablar de cualquier cosa que no sean sus necesidades inmediatas." 
También se hallaron cartas del propio rey en las que se queja del comportamiento de un hombre llamado Eustache Dauger. El monarca ordenaba que se pusiera a este hombre bajo una "buena y segura custodia, para evitar que se comunique con alguien de palabra o por escrito". Otro grupo de cartas proporciona detalles sobre cómo, a medida que pasaban los años, transcurría el encarcelamiento del hombre enmascarado. 

¿Quién era Eustache Dauger? Durante mucho tiempo no se pudo encontrar ningún indicio acerca de su vida. Pero finalmente alguien advirtió que ése era el nombre de bautismo de un miembro de la guardia real de Luis XIV; resultó difícil descubrirlo porque él y su familia eran más conocidos bajo el apellido Cavoya, tomado de una propiedad que adquirieron en Picardía. El nacimiento de Eustache está documentado, pero no así su muerte; no existe referencia alguna a Eustache a partir de su encarcelamiento en 1668. Se sabe que tuvo cinco hermanos; cuatro de ellos murieron en combate; el quinto, Luis, se convirtió en íntimo amigo del rey y con el tiempo fue hecho marqués. Pero Eustache parece haber estado siempre en dificultades; todo indica que, arrastrado por las intrigas de la corte y posiblemente bajo la influencia de madame de Montespan, la amante del monarca, se vio involucrado en cultos demoníacos y misas negras. Pero esto son sólo sospechas. Nada más se sabe; el caso del prisionero enmascarado, del preso del rey Luis XIV, permanece en el misterio. 

lunes, 13 de febrero de 2017

La Espiral áurea

La antigua cultura griega estaba impregnada de veneración por la armonía del universo. Tanto el arte como la ciencia y la filosofía griegos reflejan el intento de trasladar a las empresas humanas la simetría y el equilibrio de la naturaleza. Uno de los principios estéticos en que vino a encarnar ese deseo fue la proporción matemática llamada Sección áureaPara los griegos, esta proporción representaba lo perfecto, y era buscada en todo, desde la figura humana a la relación del individuo con la sociedad. 

La Sección áurea es una forma de dividir una línea —o cualquier otra cosa— en dos partes de tal modo que la menor tenga con la mayor la misma relación que ésta tiene con el todo. Esa proporción —que, a propósito o no, se verifica en arquitectura al menos desde los antiguos egipcios y sigue fascinando a los matemáticos— aparece, a veces en sus formas derivadas, en numerosos seres vivos y ha sido adaptada incluso a la composición musical, en la que lo subdividido no es el espacio sino el tiempo. 

Espiral áurea en una concha de nautilus

La Sección áurea determinaba las proporciones del cuerpo humano en la escultura griega clásica. Por ejemplo, el ombligo divide las partes superior e inferior del cuerpo en dos Segmentos áureos. En su forma de Rectángulo áureo —rectángulo cuyo lado corto es al lado largo como éste a la suma de ambos— la proporción mágica dictaba las dimensiones de la arquitectura griega. El Rectángulo áureo sigue siendo una constante en el arte occidental y para muchos una de las formas más gratas del mundo moderno. Una característica del Rectángulo áureo es que puede dividirse mediante una sola línea en dos partes, de las que una es un cuadrado y la otra un Rectángulo áureo más pequeño. Si trazamos sucesivamente rectángulos menores uno dentro de otro, y después una curva desde el final de cada una de las líneas divisorias a la siguiente, se obtiene una Espiral áurea. 

¿Obtuvieron los griegos esta graciosa voluta de sus cálculos o la copiaron, ellos o pueblos más antiguos, de las formas de los seres vivos? Nadie puede asegurarlo con certeza. Y sin embargo la Espiral áurea es un motivo frecuentemente repetido en la naturaleza por las hojas en torno al tallo, las semillas dentro de la flor, las conchas marinas e incluso las ramificaciones de la Vía Láctea. 
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