domingo, 5 de febrero de 2017

La pirámide de Keops

Esta gran mole inanimada e inmutable, fascinadora y desafiante tanto para el hombre racional como para el proclive a lo mágico, invita a las más fabulosas especulaciones, y ha sido objeto de una investigación tan rigurosa como imaginativa. Pero, al final, la Gran Pirámide de Keops, terminada hacia 2570 a. JC., conserva su característico aire de misterio. La tradición, y no pocas pruebas, definen esta pirámide como el lugar destinado al reposo del rey egipcio Keops o Jufui, cuyo reinado de aproximadamente veintidós años terminó unos doce siglos antes que el de Tutankamón. 

En las profundidades de la masa de piedra prácticamente maciza de la pirámide hay cámaras destinadas probablemente a contener los cuerpos, y el tesoro, de Keops y su esposa. Escrituras en los grandes bloques de piedra del interior, de la pirámide contienen el nombre del rey. Sin embargo, en la primera exploración conocida, el año 820 de nuestra era, no se encontró ni tesoro, ni momias, ni señales de que monarca alguno hubiera sido jamás enterrado allí. Este enigma, así como el enorme tamaño, la intrincada construcción y la forma arquetípica de la Gran Pirámide, han inspirado en el transcurso de los siglos numerosas teorías sobre sus fines y poderes. 

Se ha aventurado que la Gran Pirámide, al igual que otras menores, fueron observatorios astronómicos; que albergaban una biblioteca del saber antiguo, incluido el secreto de la Atlántida; que son la clave de una fuente de energía perdida y que constituyen el generoso y desconcertante legado de visitantes del espacio exterior. En años recientes, ha tenido amplio eco la hipótesis de que la forma de la pirámide ejerce efectos mágicos sobre la materia orgánica y puede acumular energía psíquica. 


Pirámide de Keops

La Gran Pirámide de Giza o Gizeh contiene aproximadamente 2.3 millones de bloques de caliza rectangulares, con un peso promedio de 2.5 toneladas. Es más alta que un edificio de 40 pisos y se calcula que podría engullir la catedral de San Pablo y la abadía de Westminster de Londres, San Pedro de Roma y las catedrales de Florencia y Milán sin perturbar la turgencia de sus lisos costados, que se alzan en un ángulo uniforme de 51°. La construcción de la pirámide duró unos veinte años, y según cálculos del historiador griego Herodoto, que visitó Egipto en el siglo v a. JC., necesitó el trabajo de 100,000 hombres por año. Sus bloques están tan bien encajados que sería difícil introducir la hoja de un cuchillo en sus juntas sin argamasa. 

Como la antigua religión egipcia afirmaba que el disfrute de la otra vida dependía en gran medida de que el cadáver no fuese perturbado, las tumbas se proyectaban para que durasen eternamente, con laberintos de pasadizos secretos destinados a burlar a los saqueadores. Previendo el largo viaje de los muertos al país de los espíritus, en las sepulturas se depositaban alimentos y bebidas, joyas, armas, un barco sagrado y estatuas que podían cobrar vida. 

En el año 820 de nuestra era, en busca de tales tesoros y de los valiosos materiales científicos que suponía también allí sepultados, el joven Abd Allah al Mamun contrató a un grupo de hombres para entrar en la tumba del faraón por la pared norte. Cuando habían avanzado unos treinta metros en el interior de la pirámide, el túnel que abrían desembocó en un pasadizo descendente, que más adelante subía y conducía a las criptas donde creyeron que reposaban Keops y su esposa. Pero en ninguna de ambas cámaras había tesoros ni cuerpos, ni trazas de que los sellos hubiesen sido rotos en una incursión anterior. Sin cadáveres que acreditasen su supuesta condición de tumba, hubieron de aducirse nuevas razones para justificar la existencia de la Gran Pirámide. 

El matemático francés Edme-FranÇois Jomard, llevado por Napoleón en 1798, estudió atentamente el monumento y dictaminó que era una especie de recopilación de un antiguo sistema métrico. En 1859, el inglés John Taylor determinó que el arquitecto de Keops había utilizado como unidad de medida el mismo codo bíblico empleado en la construcción del arca de Noé (terminada, según él, trescientos años antes que la pirámide). Ese codo sagrado tenía unas veinticinco pulgadas y se basaba en el eje de la Tierra: dividiendo la longitud de éste por 400,000, el resultado es un codo bíblico. Otro aficionado a las mediciones, el astrónomo real de Escocia, Charles Piazzi Smyth, descubrió en 1865 que la base de la pirámide dividida por la anchura de una piedra de la cubierta era 365, el número de días del año, y calculó además que una pulgada piramidal, la veinticincoava parte de una losa del suelo, equivalía a la diezmillonésima parte del radio polar de la Tierra. Aplicó la pulgada piramidal a todas las dimensiones de la Gran Pirámide y formuló una suposición espectacular, asegurando que si contaba cada pulgada como un año, podía calcular las principales fechas del pasado y del futuro de la Tierra. 

Considerablemente menos absurda, a la vista de lo que hoy conocemos del saber astronómico de los egipcios; es la teoría de que la Gran Pirámide era un observatorio astronómico. La prueba principal en apoyo de esta teoría es que se ha demostrado que los pasadizos ascendentes y descendentes del interior del monumento están construidos en un ángulo preciso que dirige la mirada hacia las principales constelaciones. La contradicción que supone el hecho de que los pasadizos sólo permaneciesen abiertos el tiempo que duró la construcción de la pirámide no ha podido ser explicada satisfactoriamente por quienes creen que se trata de un observatorio. 

La teoría moderna más popular acerca de la Gran Pirámide se refiere a los supuestos poderes inherentes a su forma, y ha sido defendida sobre todo por el ingeniero radiotécnico checoslovaco Karel Drbal. En los años cuarenta, Drbal leyó que un francés llamado Antoine Bovis había construido una maqueta de la pirámide de Keops y la había utilizado para impedir la descomposición y favorecer la momificación de alimentos y animales muertos colocados ante ella. Drbal creía que la energía derivada de la forma de la pirámide podía lograr que una hoja de afeitar usada, orientada de este a oeste, se convirtiese en un ente vivo y recuperase su filo. Tras probar "con éxito" su teoría, patentó un modelo en cartulina del afilador de hojas. Ningún otro investigador ha podido repetir sus hallazgos y la técnica piramidológica ha caído en el más absoluto descrédito. 

Otro piramidologista, el doctor Carl Schleicher, de la Mankind Research Unlimited de Washington, afirma que las pirámides favorecen el desarrollo de las plantas. Para probar su teoría, Schleicher plantó muestras de diversas legumbres bajo una pirámide, bajo un cubo y al descubierto, e informó que las colocadas debajo de la pirámide crecieron 1.5 veces más deprisa que las descubiertas y 1.129 veces más que las situadas bajo el cubo. Sin embargo, experimentos semejantes llevados a cabo por el departamento de horticultura de la universidad canadiense de Guelph indicaron que las pirámides no afectan para nada al desarrollo de las plantas. Como es de rigor, tales resultados negativos no han conseguido disuadir a los crédulos fanáticos, y son muchos los que continúan atribuyendo a las pirámides poderes y fines de imposible comprobación. 

Entre tanta especulación, los especialistas en el antiguo Egipto son muy concretos en cuanto al cómo y el porqué de la construcción de las aproximadamente. treinta y cinco pirámides tradicionales: no eran ni más ni menos que tumbas hechas por la mano del hombre. Con la esperanza de que esa certeza resulte algún día aplicable a la Gran Pirámide de Giza, los científicos han venido midiendo, explorando, llevando a sus planos y sometiendo a rayos X y radiación gamma al gigante de piedra, sin ningún resultado. No obstante, en 1954 se vieron sorprendidos por el hallazgo bajo la arena, fuera de la pirámide, de una embarcación de cedro de 43 metros de eslora, con su camarote y aparejos dorados que es probablemente el "barco del sol" construido para trasladar al faraón en su largo viaje a la otra vida. La espléndida embarcación sigue siendo el único supuesto vestigio del tesoro de Keops, y las cuestiones fundamentales acerca del monarca y su pirámide siguen sin respuesta. ¿Dónde está el faraón Keops, y por qué no fue enterrado en su fabuloso monumento? En el corazón de la Gran Pirámide subsisten, pues, los ecos de una tumba vacía y un misterio humano indescifrado. 
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