martes, 21 de febrero de 2017

Los chamanes y sus poderes

Mucho de lo que hoy sabemos de la magia antigua no procede de los estudios arqueológicos, sino de investigaciones llevadas a cabo por los antropólogos en ciertos grupos étnicos actuales. A pesar de las diferencias entre las diversas culturas, la magia que hoy practican esos grupos en todo el mundo parece basarse en conceptos que no han experimentado cambios importantes en el transcurso de más de veinticinco mil años. Temas tan clásicos como el animismo, el miedo a los muertos y los principios de las magias imitativa y contagiosa parecen ejercer sobre los hombres de algunos pueblos africanos actuales una influencia tan profunda como la que ejercían sobre los cazadores y recolectores de Cro-Magnon. 


En el fondo de tales creencias subsiste la convicción de que dentro de todas las cosas, vivas o inanimadas, habita un espíritu, invisible pero consciente, y con frecuencia muy poderoso. Así, cuando un indígena brasileño mata un jaguar, no ha terminado con la fiera; aún le falta aplacar al espíritu del animal para evitar su posible venganza. Por la misma razón, un ashanti de Ghana no cortará un árbol sin aplacar antes a su espíritu con ritos apropiados. Un método casi universal de enfrentarse con las Multitudes de espíritus invisibles consiste en levantarles altares o santuarios. Si se puede persuadir a un espíritu para que se instale en uno de esos lugares, es más fácil contener su poder, e incluso, con un poco de suerte, el espíritu llegará a interesarse por los asuntos de los constructores del santuario. Así, en las montañas de Nueva Guinea, los nativos suelen construir pequeños santuarios o "casas de espíritus", con alimentos dentro. Si ese lugar santo consigue atraer a un nakondisi (espíritu del bosque), probablemente los nakondisi acabarán por ayudar al que lo construyó a guardar sus cerdos. 

De los mil espíritus que pueblan el mundo de la imaginación tribal los más omnipresentes y preocupantes son los de los muertos (que, gracias a la muy extendida creencia en la reencarnación, pueden ser también espíritus de los aún no nacidos). Para muchos pueblos muerte y vida casi se confunden. Sus aldeas están pobladas de generaciones de fantasmas, a los que creen tan preocupados por los asuntos de la comunidad como antes de morir. En realidad, la única diferencia importante que ven entre los muertos y los vivos es que los muertos son incorpóreos y, en algunas culturas, poseen mayor poder mágico. Quien duda de la inmanencia de los muertos, dicen los congoleños, es un insensato: basta aplicar el oído a la tierra para oír el lúgubre redoblar de sus tambores. 

No ha de sorprender, pues, que la persona a la que se atribuye poder para tratar con el mundo de los espíritus en nombre de la comunidad constituya un capital valioso, e incluso vital, para la sociedad en que vive. Todo grupo étnico tiene una de esas personas, llámese hechicero, sacerdote, nganga, houngan o chamán, palabra usada por los tungusos de la Siberia oriental y adoptada por los científicos modernos para designar a esos sacerdotes tribales. 

El chamán de una comunidad es su mago mayor, el que hace llover, cura, adivina, protege y se comunica con el mundo de los espíritus. Sin él, la comunidad estaría perdida. La mayoría de las prácticas de los chamanes pertenecen a uno de los géneros tradicionales de magia: la imitativa, como lanzar agua al aire a fin de hacer llover, y la contagiosa, por ejemplo maldecir un pelo o cualquier objeto personal de un enemigo para acarrearle algún mal. No hace muchos años que el miedo a la magia contagiosa hizo que los partidarios del rey africano de Buganda declinasen la sugerencia de enviarle a su exilio como homenaje una almohada rellena con el pelo de sus barbas, ante el peligro de que el regalo cayese en manos de chamanes enemigos. 

Tanto si una persona llega a ser chamán por herencia, por aprendizaje o por haber dado muestras espontáneas de su vocación, su poder se deriva ante todo de su aparente capacidad para comunicarse con los espíritus, generalmente por medio de un trance, durante el cual su cuerpo parece poseído por un espíritu mágicamente convocado para la ocasión. Parte de esos poderes tienen explicación científica. Por ejemplo, el análisis bioquímico de muchas de las hierbas utilizadas tradicionalmente por los chamanes en sus curaciones ha revelado que se trata de medicamentos extremadamente eficaces. Una de esas plantas, Aloe vera, no falta en el repertorio de los actuales herbolarios, que la utilizan para las quemaduras, mientras que los laboratorios farmacéuticos elaboran con ella ungüentos contra las quemaduras del sol. 

Más difícil de medir, y en último extremo más intrigante, es la relación entre mente y cuerpo, relación que los chamanes parecen haber comprendido siempre de modo instintivo y que la ciencia moderna continúa explorando. Como pueden atestiguar muchos psiquiatras, la mente tiene una extraña capacidad para influir en los males físicos. En la sociedad cerrada que es el clan, en la que casi todos comparten la creencia en el poder del chamán, tales fuerzas mentales invisibles contribuyen poderosamente a la eficacia de su "magia". 
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