miércoles, 1 de marzo de 2017

Los druidas

Los ritos secretos de los druidas, celosamente ocultos a los extraños, han intrigado a los estudiosos de lo desconocido durante siglos. En realidad, si no hubiera sido por la curiosidad de sus contemporáneos griegos y romanos, los exóticos menesteres de los druidas se hubieran sumido definitivamente en el olvido. 

En el siglo I a. JC., Julio César fue uno de los primeros en informar sobre los druidas de blancas túnicas y sus siniestras actividades en remotas cavernas y recónditas oquedades de robles. Aunque no lo mencionó, los druidas pudieron haber celebrado sus cultos en Stonehenge, pues ya se había construido. 


Como sacerdotes de los antiguos celtas, que poblaban gran parte de Francia y Gran Bretaña, los druidas intervenían a menudo como árbitros y jueces, resolviendo disputas, emitiendo juicios e imponiendo castigos. Además, les estaba encomendado en ocasiones honrar a los dioses mediante sacrificios —casi siempre animales, pero en ocasiones humanos— y vigilar la misteriosa actividad de almas y espíritus. 

Los celtas consideraban la cabeza humana sede del alma; también creían que la cabeza continuaba viviendo después de separarse del cuerpo y que podía ayudar a quien la poseyera. Un escritor griego, Diodoro, reveló que los celtas guardaban como trofeos cabezas en arcas de cedro y no se desprendían de ellas ni por su peso en oro. Después de las batallas, las cabezas de los héroes y de los prisioneros eran clavadas en pértigas como adorno. En todos los asentamientos celtas se han encontrado cabezas esculpidas en piedra y cabezas humanas desecadas. Otro importante deber de los druidas era el aplacar el espíritu de los muertos. Sobre todo, la víspera del Samain, el último día de octubre, se consideraba momento de gran peligro porque, al debilitarse el poder del Sol, los espíritus vagaban por la Tierra. 
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